Poco más de dos años después de la última vez que el Grupo estuvo en Musalima, volvimos a iniciar la temporada allí llevando a cabo en su salón superior nuestra reunión administrativa, con algunos cambios sustanciales, y para comprobar la evolución de la cocina de Luis Alberto Ramírez, el cocinero colombiano, que, por cierto, pasó por nuestra escuela Fernando Quiñones, y es el alma mater del establecimiento, después de iniciar su carrera gaditana en el añorado Rayuela.
En esta ocasión estuvimos todos los componentes, a los que se incorporó uno nuevo que integramos con gran alegría a nuestras actividades. Bienvenido, Jesús Revilla Rodríguez. También nuestro Fali, Rafael Paul, nos hizo el honor de aceptar la presidencia del Grupo tras el triste deceso del anterior, Geño Barea, por el que, junto a otros compañeros que nos dejaron por unos u otros motivos, cruzamos unas palabras de recuerdo.
Tras las copas de rigor en la barra, se trasladó la reunión al salón para iniciar la sesión administrativa que se prolongó un poco, quizás afectando ello a la fluidez posterior del servicio de restauración, lo que le restó un poco de brillantez. Debe ser un asunto a considerar en próximas reuniones de tal carácter.
El primer plato que nos sirvieron fue un ajoblanco de melón bastante suave, que no resultó nada empalagoso, y al que se incorporaron las tradicionales uvas que, en este caso, añadían menos contraste sápido porque el melón ya había cubierto ese aspecto. A continuación, llegaron dos tartar, uno, con agradable sabor, de salmón sobre galletitas de nube de gambas, con cebollita y maíz, dotado de un picante suave y ensalada de wakame y el segundo, con estupenda presentación, de atún con aceite trufado sobre tuétano, pimienta y huevo frito de codorniz, combinación a la que, a pesar de los ingredientes que llevaba, le faltaba algo de sabor.
Para comenzar la parte “caliente” del menú, nos pusieron unas alcachofas confitadas con papada que no llegaron a alcanzar el nivel deseado.
El siguiente fue el pescado, rodaballo al horno con patatas a lo pobre, que ha sido de lo mejor, aunque a las patatas quizás le faltaba un punto de cocción. En alguna otra ocasión el rodaballo se espetaba antes, cosa que no sé si había ocurrido esta vez, pero lo que sí traía era un suave pilpil con los jugos de su cocción, lo que le daba mayor prestancia al conjunto (y nos permitió usar un poco de pan).
El último plato salado fue un tataki de presa ibérica con base de arroz, resuelto muy correctamente, pero sin resultados espectaculares.
A lo largo de la comida, los asistentes nos dividimos entre el tinto, representado por el 22 pies, un crianza de Rioja (tempranillo), fresco y que se dejaba beber, pero sin mayores pretensiones, y un Rías Bajas, 100% albariño, el Pazo das Bruxas, muy fino y sabroso. Ambas etiquetas de diversas divisiones de la Familia Torres.
El postre vino representado por un merengue limeño, que fue de lo mejor de la tarde, resultando muy suave y sin llegar a empachar.
Como se dijo al principio, la duración de la fase administrativa produjo un desfase que se reflejó en la mesa y quizás por ello el servicio quedó afectado, aunque no es admisible que durante tantos platos sólo se cambiaran una vez los cubiertos. Fallo a solventar en el futuro. Por otro lado, comprobamos que el nivel general de la comida no llegó al de la anterior ocasión, aunque salimos medianamente satisfechos y esperando que sea un simple sobresalto en el camino que no empañe para nada el impecable recorrido de este local y su jefe de cocina.
Y, sin más, nos despedimos todos hasta la siguiente ocasión, que esperamos alcanzar con ansia sosegada.